Después de mi primera semana en Debrecen, comencé a trabajar. No tenía ni idea de cómo moverme por la ciudad ni de cómo llegar a los institutos, pero por suerte Alba y Fede me guiaban. Empecé dando clases particulares a un niño de 16 años que estaba preparándose para un examen de español, y me sorprendió lo bien que hablaba para llevar tan poco tiempo estudiando nuestro idioma. En otro instituto iba por las tardes a una actividad extraescolar de teatro en la que los alumnos representaban obras en castellano. Las edades variaban, pero casi todos se defienden muy bien con el idioma. Todo esto me hizo pensar en lo diferentes que son las clases dependiendo del país; mientras que en España nos pasamos años y años "aprendiendo" inglés para después no saber decir más que hola y adiós, en Hungría sí acaban la escuela sabiendo hablar inglés y otra lengua más (suele ser alemán, español, italiano o francés).
Acostumbrada a institutos más parecidos a cárceles que a centros docentes, me sorprendió gratamente la apariencia de estos en la ciudad. En lugar de ser construcciones rodeadas por verjas, aquí son edificios normales incorporados a los demás. Tienen fachadas bonitas y se podrían confundir perfectamente con algún bloque de oficinas.
No voy a comenzar un discurso hablando de la mala educación española porque creo que el tema está más que exprimido y todo el mundo sabe cómo están las cosas. Por lo tanto, me volveré a centrar en Hungría.
El trabajo que desempeño me gusta mucho, tanto por los alumnos, que son estupendos y tienen ganas de aprender (cosa que se agradece un montón), como por los profesores. Las clases se hacen amenas y divertidas, lo que consigue que mis ganas de trabajar aumenten. Todo el mundo me ha tratado de maravilla y hoy día puedo gozar de una bonita amistad con algunos de los profesores y alumnos (algunos de estos últimos tienen mi misma edad, así que a veces se me hace un poco raro tener que darles clase).
Una cosa muy curiosa que me chocó al principio de comenzar a trabajar fue que muchos de los alumnos ¡van con traje a clase! Recuerdo que pensé: "vaya, qué profesores tan jóvenes". Pero qué va. Algunos alumnos van de campo y playa, otros con chándal, otros parecen sacados de una revista de moda y los más elegantes van incluso con traje. Algo que nunca he visto en España más que el día de la graduación (si acaso).
Seguiré el tema del trabajo más adelante. Mientras, os dejo con una anécdota curiosa que me paso al poco de llegar:
Un día, uno de mis alumnos me preguntó de dónde era exactamente (siempre decía que de España en lugar del nombre de mi ciudad ya que suponía que ninguno tendría ni idea de geografía española). Al decirle que soy de Elche me preguntó: "¿Cómo el equipo de fútbol?" ¡Casi me meo de la risa que me dio! Al confirmárselo, añadió: "No son muy buenos". Me reí más todavía, pero el chaval tenía razón. Para qué nos vamos a engañar.
¡Buenos y bonitos lunes!
Acostumbrada a institutos más parecidos a cárceles que a centros docentes, me sorprendió gratamente la apariencia de estos en la ciudad. En lugar de ser construcciones rodeadas por verjas, aquí son edificios normales incorporados a los demás. Tienen fachadas bonitas y se podrían confundir perfectamente con algún bloque de oficinas.
No voy a comenzar un discurso hablando de la mala educación española porque creo que el tema está más que exprimido y todo el mundo sabe cómo están las cosas. Por lo tanto, me volveré a centrar en Hungría.
El trabajo que desempeño me gusta mucho, tanto por los alumnos, que son estupendos y tienen ganas de aprender (cosa que se agradece un montón), como por los profesores. Las clases se hacen amenas y divertidas, lo que consigue que mis ganas de trabajar aumenten. Todo el mundo me ha tratado de maravilla y hoy día puedo gozar de una bonita amistad con algunos de los profesores y alumnos (algunos de estos últimos tienen mi misma edad, así que a veces se me hace un poco raro tener que darles clase).
Una cosa muy curiosa que me chocó al principio de comenzar a trabajar fue que muchos de los alumnos ¡van con traje a clase! Recuerdo que pensé: "vaya, qué profesores tan jóvenes". Pero qué va. Algunos alumnos van de campo y playa, otros con chándal, otros parecen sacados de una revista de moda y los más elegantes van incluso con traje. Algo que nunca he visto en España más que el día de la graduación (si acaso).
Seguiré el tema del trabajo más adelante. Mientras, os dejo con una anécdota curiosa que me paso al poco de llegar:
Un día, uno de mis alumnos me preguntó de dónde era exactamente (siempre decía que de España en lugar del nombre de mi ciudad ya que suponía que ninguno tendría ni idea de geografía española). Al decirle que soy de Elche me preguntó: "¿Cómo el equipo de fútbol?" ¡Casi me meo de la risa que me dio! Al confirmárselo, añadió: "No son muy buenos". Me reí más todavía, pero el chaval tenía razón. Para qué nos vamos a engañar.
¡Buenos y bonitos lunes!
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